
-Regresar a New York, esta vez acompañando mi mente con mi cuerpo. Comprobar que todo es real, que existe, que a veces el cine no es de mentira. Ver en un garito de Chelsea llamado Porky´s, en medio de una multitud que quería emborracharnos, como Michael Phelps hacía historia mientras sus compatriotas, ebrios de alcohol y patriotismo, gritaban al unísono U-S-A con Born In The USA a todo volumen de fondo. Ir al Bronx a las 3 de la madrugada a comer una hamburguesa. Porque sí.
-Intentar asimilar la magia de la naturaleza en forma de 300.000 murciélagos abandonando su cueva de Nuevo México a las 19:00 en punto, tal y como lo llevan haciendo desde que el tiempo es tiempo.
-Patear el Canyon de Chelly, hogar de la orgullosa Nación Navaja.
-Hacer Trecking con piedras en las manos por las Smoky Mountains, hogar de legiones de osos que todos los años se meriendan a varios incautos. Los carteles de advertencia así lo atestiguan.
-Cruzar el Mississippi en New Orleans, maravillosa y sórdida ciudad mil veces resurgida de sus cenizas mojadas, ciudad del pecado, de la música, del jazz en oscuros cuchitriles.
-Emocionarse contra pronóstico con los memoriales a los soldados caídos en Vietnam.
-Acampar al atardecer en el mismo desierto que cruzan los espaldas mojadas cargados de sueños pero escasos de agua.
-Bajar del autobus una madrugada para mear en un Wall Mart de Rooselvelt. Terminamos meando mirando al cielo en busca de OVNIS.
-Convivir con chinos, galeses, canadienses, australianos, estadounidenses, rusos, ingleses, franceses, alemanes, checos, polacos, etc...
-Ver amanecer aterido de frío en el Canyon de Bryce. Escuchar a los chacales de madrugada mientras se duerme al raso.
-Viajar al lejano fart west acunado por la nana de una guía navaja en el Monument Valley.
-Sentir el puñetazo de la melancolía en el Canyon de Zion.
-Ser invitado a chupitos en Texas por un parroquiano borracho y efusivo en un garito llamado Windy Mesa.
-Sentir la locura de la vida en Las Vegas. Apostar 30 dólares al rojo y perderlo todo. Dar suerte a un paleto de Utah que apuesta de 100 en 100 y que te abraza como si el mundo se terminara cada vez que sale el rojo.
-Saborear el aroma especial de San Francisco, de California, de los Hippies reconvertidos en concienciados conductores de coches eléctricos.
-Andar por la 5ª Avenida escuchando tu música mientras cientos de personas cruzan las miradas contigo.
-Bañarnos en en ríos cálidos, rápidos helados, piscinas naturales llenas de peces, pantanos inmensos, en una presa tras un cañón.
-Cantar el Bohemian Rhapsody en el Windy Mesa, Page, Texas, para despedirnos todos juntos de Bob, el Dj molón.
-Patear las cuestas de San Francisco.
-Meter los pies en el helado pacífico...
-Sufrir un auténtico Síndrome de Sthendal en el Gooseneck Canyon, acampando a escasos metros del borde, sin signos de civilización en decenas de kilómetros, durmiendo al raso...